LA ‘NUEVA’ FICCIÓN

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LA ‘NUEVA’ FICCIÓN

El siglo XX concluyó con la década más próspera de todos los tiempos. El siglo XXI ha comenzado con una década estrictamente siniestra: hiperterrorismo, hipercrisis y guerras neocoloniales. La irrupción de China como superpotencia y de la tecnología digital han contribuido a la sensación de cambio de era. No puede decirse, sin embargo, que esta especie de salto planetario hacia lo desconocido haya alterado de modo apreciable la ficción literaria, al menos en su ámbito más comercial. Tampoco el cine ofrece especiales novedades, salvo en el aspecto técnico. La televisión, por el contrario, ha alcanzado su edad de oro justo cuando las audiencias se fragmentan y los antiguos oligopolios entran en crisis: la mejor ficción de la década y las más curiosas novedades de la narrativa se han visto en las pantallas domésticas.

Vayamos por partes. En cuestión de libros, los tres grandes éxitos comerciales han sido El Código da Vinci, de Dan Brown, la serie de Harry Potter, de J. K. Rawling (iniciada en 1997), y la trilogía Millenium, de Stieg Larsson. No hablamos de literatura excelsa, sino de productos que han captado la atención del lector contemporáneo. El Código da Vinci recoge dos tendencias que, sin ser de reciente aparición, han florecido en esta década del desasosiego: la teoría conspirativa y la espiritualidad new age. Pero, en esencia, el argumento de fondo del relato de Brown no es muy distinto al que planteó, con mayor talento, Umberto Eco en El nombre de la rosa: alguien oculto está dispuesto a matar para impedir que comprendamos el auténtico mensaje cristiano y alcancemos la felicidad. Por razones no demasiado claras, ese argumento vende.

Cabe recordar que, según Christopher Hitchens, las teorías conspirativas vienen a ser la hez de la digestión democrática, aquello que el estómago de una sociedad libre no consigue entender o aprovechar. Las tres obras de Larsson tienen también algo que ver con eso, porque muestran una socialdemocracia avanzada, la sueca, en pleno cólico: los servicios secretos mienten y asesinan, los servicios sociales abusan de los inocentes, la oligarquía industrial rebosa perversidad. El personaje central de Millenium, Lisbeth Salander, incluye un par de elementos que suelen vincularse con una cierta tipología contemporánea, la psicopatía y el talento informático; la posición feminista del narrador supone otro anclaje con el espíritu de los tiempos. Por otra parte, el propio género en el que se inscribe la trilogía, el policial, se ha considerado tradicionalmente uno de los más funcionales en épocas de crisis como la presente. Las novelas de J. K. Rowling sobre el joven mago Harry Potter contienen, como las de Dan Brown, abundantes ingredientes conspirativos y new age.

La literatura de gran consumo no ha integrado, de momento, las nuevas formas fragmentarias de lectura y escritura: ni simultaneidad ni hipertexto ni el resto de cambios aportados por la cultura digital. Es probable que la difusión masiva del libro digital, prevista para la década entrante, favorezca una renovación de las fórmulas literarias. La tecnología ya ha cambiado; el gran público, de momento, no. Mientras el cine comercial ha tratado de aunar espectáculo, épica, magia y ribetes oscuros (desde la saga de El Señor de los Anillos a la de Harry Potter, pasando por los Batman tardíos y la inefable serie de los Piratas del Caribe), o ha apostado por el pastiche, la televisión ha asumido el liderazgo de la creatividad y la inteligencia.

Las cinco temporadas de The Wire constituyen una cumbre artística. La serie destripa Baltimore y saca a la luz nuestros propios higadillos. Lenta, fría, implacable, representa a la perfección el vuelco audiovisual: el producto televisivo, antes considerado sinónimo de evasión, es el que exige ahora (en casos como el que nos ocupa) mayor atención y mayor reflexión. Por resumir, The Wire ha llevado la ficción televisiva a un nivel shakespeariano.

HBO, el canal de pago estadounidense, figura, con el guionista David Simon, entre los grandes responsables de la edad de oro televisiva. Junto a The Wire, de Simon, ha producido otras obras maestras, de corte más clásico, como Los Soprano, o más surrealista, como Dos metros bajo tierra; y ha establecido nuevos límites para el humor (Curb your enthusiasm) y para el género bélico (Band of brothers y Generation Kill, esta última emparentada, a través de Simon y de la exuberancia de los diálogos, con The Wire).

Otras empresas televisivas han puesto también su parte. La BBC británica ha contribuido a la revolución con The Office, emanación del genio humorístico de Ricky Gervais, o Roma, en coproducción con HBO; las estadounidenses NBC, con El ala oeste o 30 Rock; y ABC, con Perdidos. Esta última serie refleja algunas de las tendencias más novedosas de la ficción televisiva, ya que se basa en un argumento del que el espectador conoce muy poco, lo que confiere una singular autonomía a los personajes: es el tipo de construcción dramática que encaja con la interactividad digital y con los recursos hipernarrativos.

En el segmento más barato del mercado audiovisual, la televisión ha alcanzado asimismo formatos y lenguajes inequívocamente propios, no atribuibles a ninguno de los géneros clásicos. Casi hasta ahora mismo, la televisión era un contenedor de cine, teatro, radio filmada, periodismo, espectáculos deportivos, etcétera; ahora es capaz de rellenar su programación con espacios que no son nada y con personajes que no son nada y no dicen nada de interés, simplemente están ahí y satisfacen con éxito las pulsiones voyeurísticas del espectador. Desde Gran Hermano al denostado Sálvame, eso que se conoce como telebasura es, probablemente, la mayor novedad narrativa del siglo XXI. No es muy estimulante, pero es lo que hay.

 

Revisando a Larsson

Sólo quiero añadir un breve comentario respecto a la tan cacareada crítica que al parecer las novelas de Stieg Larsson sobre el Estado de bienestar y la socialdemocracia sueca. ¿Realmente se da tal crítica en los libros de Larsson? Discrepo. Valga como ejemplo la trama de que los servicios secretos se dedican a ejecutar a ciudadanos. En la novela el grupo "criminal" dentro de los servicios no es más que una excrecencia dentro del sistema que es extirpada en cuanto es localizada. A mí me parece que en realidad, Larsson construye un elogio del sistema socialdemócrata, al que retrata como capaz de corregir sus propias desviaciones o disfunciones.

Sin empujar, por favor

Aunque no he seguido con asiduidad ni excesivo interés las ficciones televisivas llegadas desde los EEUU, considero que hay que tener mucho cuidado con utilizar al cine para ensalzarlas. Series como Los Soprano han sido elevadas hasta suntuosos altares pero, claro, cuando uno ha admirado ficciones cinematográficas como las mejores de Scorsese (no la recientemente oscarizada precisamente, sino más bien obras cumbre del arte en movimiento como "Godfellas") considera que la televisión bebe del cine y, sólo a veces, del bueno. Discrepo de los que observan mala salud en el séptimo arte. Si algo tengo claro que es se hacen varias obras maestras cada año y, lo que es realmente dramático o preocupante, buena parte del mejor cine no nos llega (el cine francés, cine amplio e interesantísimo del que sólo llegan chapuzas comerciales o llena-salas es un claro ejemplo). No vivimos tanto la edad de oro de la ficción cinematográfica televisiva como la edad de oro del nihilismo cultural. Al hablar del nivel shakespiriano de The Wire, Enric González ilustra, seguramente sin pretenderlo, el drama que he insinuado: The Wire es tan grande y admirada por muchos como Shakespeare semi-desconocido y, sobre todo, no-leído por muchísimos más. No tengo la impresión de que ciertas delicatessen televisivas profusamente admiradas gocen de dicho estatus porque un edificio cultural coherentemente construido y aprehendido por los consumidores de arte (si el arte es consumible, que parece poco para ella) haya permitido admirar sus innegables cualidades sino que, fruto de un periodo temporal de límites más definidos de lo que pudiera parecer se han creado las condiciones en las que una masa de espectadores se identifica con aquellas muestras de arte que comprende y disfruta de forma coyuntural. Es así como, explicándolo de forma algo más pedrestre, podríamos decir que muchos seguidores de The Wire, que babean ante su admirada serie, se aburrirían soberanamente con el tal William. Son las contradicciones de la postmodernidad, qué le vamos a hacer, y digo vamos, porque un servidor no es una excepción, faltaría más.

Como buen entusiasta de

Como buen entusiasta de Futurama, estoy de acuerdo en que "Godfellas" es maravilloso, pero sospecho que la referencia será a "Goodfellas" ;D

Teleseries

Salvo excepciones -fascinada ando con La Cinta Blanca- las series de televisión me están gustando más que la mayor parte de las películas.

No mencionada en el artículo, está Deadwood, también de HBO, que cuenta la historia de la población homónima en aquellos tiempos difíciles de la fiebre del oro. Maravillosa y con diálogos memorables. También Carnivàle, de la misma productora, y ambientada en los Estados Unidos de la gran depresión (la otra gran depresión) cuenta una historia tan perturbadora como extraña con una estética depurada que denota una fina dirección de arte. Damages (de canal FX), con la genial Glen Close me tiene muerta de interés, igual que me han tenido Mad Men, la versión inglesa de Life on Mars y otras. Y, por supuesto, aunque es más convencional, The Closer, policiaca, entretenida y simpática a partes iguales.

The wire

Siempre en el clavo.

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